Despertar.

Desperté en una habitación blanca iluminada por un triste foco. Me encontraba tumbada en una cama de hospital conectada a una máquina que emitía un pitido cada pocos segundos, supuse que eran mis propios latidos.
Me incorporé y observé la estancia, un armario, una mesilla, un sillón reclinable y la cama donde me encontraba. He visto suficientes películas de terror como para saber que si estás solo en una habitación así y, al gritar, nadie responde, preocúpate. O se trata de zombies o un virus o algo creado por el hombre para destruir su propia especie. 
Al cabo de unos minutos decidí levantarme de la cama y posé mis pies desnudos sobre el suelo helado, caminé hasta la puerta y asomé la cabeza despacio, muy despacio. Justo lo que pensaba, me encontré con un pasillo oscuro, una luz al fondo parpadeante. Lo típico de una película de terror.
Un escalofrío me subió la columna vertebral. Cerré la puerta de golpe. No estaba dispuesta a salir al pasillo sin un arma o algo para defenderme y, muchos menos, con el pijama de hospital abierto por la espalda y descalza. No, tenía que encontrar algo que me sirviera para defenderme.
Anduve por la habitación buscando algo, sin percatarme de que aún no había abierto el pequeño armario, la llave colgaba en la cerradura y ni siquiera había reparado en ella.
Me acerqué a él con cuidado, giré la llave, tragué saliva y abrí poco a poco la puerta. Dentro, iluminado por una tenue luz, estaba mi ropa. Mi propia ropa colgada de perchas de madera. Abrí de par en par las puertas y comencé a vestirme, creo que nunca me había sentido tan a gusto con mi propia ropa.
Después de intentar romper el sillón y coger una pata como arma me decliné por usar el porta goteros. Así que salí de aquel lugar con un pequeño palo de metal como arma. Caminé por aquel pasillo oscuro donde una luz parpadeaba insistentemente y que me iba poniendo mas y mas nerviosa. Ni un alma se movía por aquella estancia, decidí acercarme a una ventana y abrirla. Me estaba volviendo loca, tal vez solo fuera una sala y en el exterior todo estaría normal. Respiré hondo y abrí la ventana de par en par...
Tardé unos minutos en asimilar aquella imagen, no vi zombies ni gente huyendo. Simplemente el sol radiaba luz, los arboles se mecían con el sutil viento pero ni rastro de vida, ni personas ni animales. No había nada. No podía ser verdad, me encontraba dentro de una película de terror, las películas que tanto me apasionaba ver junto a Maika. Oh, Dios mio, Maika tampoco estaría viva ¿o sí? No podía ser yo la única persona en el mundo viva ¿no? No tendría mucho sentido que a esto solo sobreviviera una persona.
Corrí, corrí por aquel pasillo aguantando el llanto, aguantando mis ganas de gritar por si despertaba a algún monstruo o a algún médico psicópata dispuesto a experimentar conmigo. Llegué al final, jadeando, llorando, Podía girar a la izquierda o a la derecha, los dos extremos estaban igual de oscuros, no sabía a donde ir. Mi subconsciente y mi información recogida por todas esas películas  me dijeron que tenía que encontrar algo, armas o provisiones. Tenía que sobrevivir a lo que fuera esto.
Volví sobre mis pasos a la habitación anterior y rebusqué, rebusqué en cada rincón sin encontrar nada. Me abandoné al llanto. Comencé a recordar a Maika, con sus preciosos ojos negros, su pelo rosa y sus tatuajes. Su suave piel, sus dulces besos. No podía ser que hubiera desaparecido todo el mundo y me hubieran dejado a mí aquí ¿qué sentido tenía? Ninguno. No podía ser la única humana superviviente a, ¿a qué? Porque no tengo ni idea de que coño es lo que está pasando.
Después de un tiempo abandonada a los recuerdos decidí encontrar una salida. No podía quedarme ahí compadeciéndome de mí misma.
Me incorporé decidida, corrí de vuelta a la ventana que aún seguía abierta y volví a contemplar la ciudad. Justo en frente divisé una pequeña tienda de ultramarinos, comida, fue lo primero que se me vino a la cabeza. Tenía que encontrar la forma de salir de aquí para conseguir algo de comer y beber. No había caído en lo sedienta que me sentía.
Volví al final del pasillo y decidí girar a la derecha, con el miedo incrustado en mis pasos anduve rápido pero sin correr. Un pasillo sin ventanas, sin luz, no era la mejor opción, debería haber girado a la izquierda.
De repente tropecé con algo que había en el suelo y caí de bruces, mi rodilla se golpeó y un latido de dolor se instaló en ella. Ahogué un grito y me toqué, sangre. Mierda.
- ¿Silvia? ¿Silvia eres tu?
Me quedé muda. Una voz. Una voz de hombre sonó en algún punto de aquel pasillo. No sabía que hacer, si contestar o callarme. No sabía si era bueno o malo, no sabía nada.
- Silvia, ¿dónde estás? ¿Silvia?
Seguía llamando a esa tal Silvia, y yo seguía encogida donde me había caído. No sabía con qué había tropezado, ni sabía con qué me había golpeado la rodilla que seguía sangrando. La incertidumbre me estaba poniendo mas nerviosa y las ganas de llorar iban aumentando.
Una tenue luz comenzó a asomar por el pasillo, una linterna con pocas pilas. Alumbró primero el bulto oscuro con el que había tropezado y que estaba a poca distancia de mi y oí unos pasos rápidos.
Intenté esconderme, pero no encontraba ningún sitio donde ocultarme, así que decidí armarme con el palo de aluminio del gotero y esperar a que todo pasara.
Los pasos se detuvieron ante la sombra negra, aquella sombra negra con la que había tropezado y que poco a poco fue convirtiéndose en una figura de persona. ¡Oh, Dios mio, una persona! ¿cómo no me había dado cuenta? 
- Silvia, Silvia dime algo. ¡Silvia!
La voz gritaba que gritaba era la de un hombre, no muy mayor, mas o menos de mi edad. Tenía el pelo corto y llevaba unos vaqueros y una sudadera. No pude divisar su cara porque la oscuridad no me permitía ver bien. Me levanté y pose mi mano sobre su hombro, fuera quien fuera, era la única persona que había visto desde que me desperté y tenía que saber algo. Si tenía ropa y una linterna de alguna parte la tendría que haber sacado.
- Esta muerta - lo dijo llorando, sin mirarme, ni siquiera se asustó por mi presencia. - Muerta maldita sea, y todo por mi puta culpa.
- ¿Quién eres? - mi voz sonó rasgada por la falta de agua y el miedo.
- Shh, calla o lo despertarás. Ayúdame a llevarla.
-¿A quién voy a despertar?
No contestó, se limito a decirme que callara con un gesto y le ayudé a mover a aquella mujer. 
No se cuanto tiempo estuve arrastrando aquel cuerpo en silencio. Llegamos al final del pasillo oscuro, cinco puertas formaban un semicírculo, encima de cada una se podía apreciar un dibujo. Abrió la tercera puerta que correspondía a una serpiente enrollada a una espada.
La luz me cegó por unos segundos, mientras seguía empujando el cuerpo de aquella mujer caí en la cuenta de que lo habíamos empujado boca abajo, todo el tiempo. Aquella mujer tendría la cara desfigurada por completo ¿cuántos metros habíamos estado arrastrándola?
- Déjala ahí. ¿Quieres agua verdad?
Ahora si podía verlo con claridad. Era moreno, barba de unos cuatro o cinco días, ojos azules sobre unas ojeras bastante negras, labios gruesos, mentón firme. Bastante guapo para ser hombre. 
Mi estado tenía que ser de pena porque al verme sus ojos se abrieron de par en par.
- Eres... eres tu, la de la habitación 114.
Mi corazón comenzó a latir demasiado rápido, todo se volvió negro por un segundo y el silencio se apoderó de mi.

Comentarios

Entradas populares