Adiós compañero, adiós.
Contemplar la luna ya no le aliviaba el dolor. Aquel dolor punzante que se había alojado en su corazón durante tanto tiempo y que ya, casi, formaba parte de su ser.
Respiró hondo, cerró los ojos y dejó volar su imaginación pero aquel dolor se hacía cada vez mas punzante. Tenía la sensación de que apretaban su corazón hasta casi deshacerse.
El nudo en la garganta se hizo más y mas grande hasta el momento de que tragar se convertía en una misión imposible.
Abrió los ojos y volvió a contemplar la luna, aquella luna enorme, que tantas veces le había calmado el dolor. Ese dolor que no se ve, que no es físico, que solo se siente. Solo aquel que ha pasado por esa sensación tan extraña de vacío en el corazón sabe lo que se siente cuando el dolor te acompaña en tu día día, cuando todo se vuelve oscuro y, aún así, sonríes. Por no decepcionar a nadie, por no molestar a nadie. Te lo tragas todo y lo hundes hasta los pies, lo malo es que, a veces, el dolor es tan grande que vuelve a subir y se aloja en el corazón de donde ya es imposible sacarlo.
Arrastrando su alma herida, se acercó al final del acantilado para poder saborear la sal que traía el viento. La sal del mar. Las lágrimas recorrieron sus mejillas en silencio, sin pronunciar nada, sin sentir nada se dejó llevar por ellas. De alguna manera tenía que deshacerse de aquél dolor tan intenso.
Bajó la mirada y, entre las lágrimas que inundaban sus ojos, se miró las manos. Manos que habían trabajado para levantar un futuro, un futuro que cada vez lo veía mas negro, mas infeliz.
No, no era feliz y, últimamente, se preguntaba si de verdad lo había sido algún día. Si de verdad había sentido la felicidad, lo que realmente se conoce por felicidad. No, definitivamente, no.
Mirando al pasado hizo un resumen de su vida, una vida que no había vivido como realmente quería. Se había dedicado a hacer felices a los demás y se había olvidado por completo de él. Creía, iluso, que los demás le agradecerían los hecho, los regalos, los sacrificios que había hecho por ellos, por verlos sonreír, pero se equivocó. Las personas son egoístas y solo unos pocos somos capaces de tener empatía hacia los demás, pero la empatía desgasta el alma y su alma estaba totalmente destruida.
Demasiados gestos egoístas, demasiados enfados guardados bajo candado, demasiadas cosas soportadas.
Volvió a contemplar la luna y una idea se instaló en su cabeza. La idea llevaba demasiado tiempo llamando a su puerta y nunca le había querido abrir, hasta hoy. Hoy era el día en el que iba a acabar con todo. No aportaba nada bueno en la vida, ni en la suya ni en la de los que le rodeaban.
Se acercó al borde del acantilado, respiró hondo, volvió a sentir la sal y se dejó volar, voló libre durante unos segundo, se sintió libre, se sintió bien, se sintió feliz.
Ya no le dolía el corazón, aquella sensación se había marchado al igual que su alma.
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