Feliz
Sentía el sudor rodando por mi frente, daba vueltas en la cama sin encontrar postura que pudiera aliviarme esa sensación de dolor. Pero sabía que no era un dolor físico, que a mí lo que realmente me dolía era el alma. Me recosté en el lado izquierdo y contemplé su foto en la penumbra, no hacia falta luz, tenía esa imagen grabada en la retina y donde quiera que mirara la veía.
La veía perfectamente sonriendo, con sus ojos enormes y negros mirándome fijamente, su pelo castaño cayendo en cascada por sus hombro. Los labios perfectamente pintados en ese color rojo que tanto le gustaba.
Cerré los ojos con fuerza y me revolví en la cama, estaba harto. Harto de pensar, de morirme en cada pensamiento, de que me arañara el corazón cada vez que la veía agarrada de la mano con otra persona que no fuera yo.
Pensamientos malos, pensamientos dañinos se incrustaban en mi mente y no me dejaban dormir, no podía parar de pensar, no quería dejar de pensar. Cada paso que daba, cada cosa que hacía, aunque fuera la mas monótona de las tareas diarias, me recordaba a ella. Me estaba volviendo loco.
Pataleé hasta que las sábanas cayeron al suelo, hundí la cabeza en la almohada y comencé a gritar, gritar de impotencia, gritar de odio, gritar de dolor. Estaba al límite de la desesperación. No podía comprender porqué, después de todo lo que habíamos vivido juntos, no me quería. Porqué después de cada abrazo no había amor en su mirada, no había besos que me distrajeran, no había caricias, no había te quieros, no había nada.
A mi memoria comenzaron a llegar pequeños recuerdos, recuerdos que dolían, recuerdos en los que me había encerrado para saber que había esperanza, que después de todo si me quería. Pero me equivocaba. Nunca me había querido, apreciado tal vez, pero nunca hubo amor.
Me levanté de la cama y arrastré mi cuerpo por el pasillo hasta la cocina. El cuerpo me pesaba, sentía una armadura invisible sobre mi hombros de la cual no me podía deshacer. Este dolor que parecía insignificante se estaba convirtiendo en una tortura.
Mientras bebía un vaso de agua fría mis pensamientos seguían hurgando en los recuerdos del pasado, no podía quitármela de la cabeza o, tal vez, no quería. Me pregunto si en algún momento de la vida seré feliz, si algún día esta intensidad de dolor que me araña el alma se acabará yendo. Esperanzas no me quedaban, me sentía hundido, fracasado, solo.
Cada día al levantarse era una tortura de la que no quería ser protagonista, quería salir de mi cuerpo, vivir otra vida y poder ser feliz. Quería borrarlo todo de mi cabeza pero era imposible. Su sonrisa me perseguía donde quiera que fuera.
Y, mientras bebía aquella agua y reflexionaba sobre lo solo, triste y desanimado que me sentía recordé una cosa: Si ella no moría por mí, si ella no sufría por mí, si ella no me quería ¿por qué debía de lamentarme? ¿Por qué tenía que ser yo el que estuviera ahí en cada momento ofreciendo mi hombro si a mí ella no me ofrecía nada? ¿Amistad? Era imposible mantener una amistad sincera con ella cuando la veía besando otros labios y agarrando otras manos. No podía, no quería soportarlo mas.
Ser un reserva no es una opción, estar ahí para cuando a ella le fueran las cosas mal no era una opción, y ser consciente de ello me hacía mas daño.
Tiré el vaso al fregadero y, por primera vez en mucho tiempo, di pasos decididos hacia mi habitación, cogí su foto y la contemple de cerca. Sonreía, sonreía con los labios y con los ojos, era feliz. Era feliz a su lado y no al mío y por una vez lo vi claro.
- ¡Al cuerno!
Rompí la única foto que tenia en pedazos, cada pedazo en trozos mas pequeños. Me deshice de su sonrisa, de sus ojos, de sus labios rojos, de su pelo castaño. Me deshice de lo que me estaba matando por dentro, me deshice de ella.
Ahora me tocaba ser feliz.
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