Despertar


Contemplar su rostro mientras dormía se había convertido en una de mis mayores aficiones, me podía llevar horas mirando aquella cara que parecía estar esculpida en mármol. Su blanca tez digna de un dios, su pelo rizado y rubio cayéndole en los ojos y esa respiración acompasada que hacía que su nariz se abriera.
Le acaricié el pelo y salí de aquella habitación tan poco acogedora. Volví a mirarlo de nuevo antes de cerrar la puerta. Apoye mi cabeza en ella y cerré los ojos, me era imposible controlar tantas emocione juntas, el corazón parecía que me iba a estallar dentro del pecho y unas ganas terribles de llorar me invadían. Corrí al baño, me encerré y me deje llevar por todas las emociones que tenía acumuladas. Las lágrimas comenzaron a derramarse por mis mejillas sin que pudiera romper a llorar, a gritar, a destrozarlos todo. La ira era cada vez más inmensa pero mis ganas se iban apagando lentamente. No dije nada, no sollocé, no me lamenté, simplemente dejé que las lágrimas corrieran y cayeran en el suelo mientras pensaba en sus rizos rubios, en su respiración relajada, en su boca dormida en un pequeño puchero. Le quería tanto.
Al cabo de unos veinte minutos logré salir, me lavé la cara y puse mi mejor pose. Aún quedaba lo peor.
Caminé despacio hacia su habitación, arrastrando los pies, arrastrando el peso de mi alma, arrastrando mis ganas de vivir. Abrí la puerta y aún seguía dormido, en la misma posición, con la misma expresión de relajación en su rostro. Volví a sentarme a su lado y le apreté la mano, aquella mano tan pequeña. Y, sin darme cuenta, comencé a rezar. Hacía años que no rezaba creo que desde mi primera comunión, nunca había creído que ahí arriba hubiera un Dios que nos castigara por lo malo o nos recompensara por lo bueno, nunca había visto que nada fuera justo, siempre pensé que los humanos estábamos hechos para sufrir, que éramos un experimento de seres superiores poniendo a prueba todas las enfermedades, todas las guerras y todo lo peor que se pudiera sentir. Siempre pensé así hasta que llegó Gabriel.
Hacía siete años que había dado a luz al niño mas maravilloso del mundo. Me sentí muy afortunada, mi pensamiento cambió, mi vida cambió, toda mi vida corría en torno a él, toda mi felicidad era él.
Tres años antes de tener a Gabriel conocí a Jesús, su padre, el mejor hombre que jamás ha existido. Fueron años de mucha felicidad, de alegrías, risas y amor hasta que, cinco años atrás le diagnosticaron cáncer de páncreas y todo cambió. Ni medicamentos, ni operaciones ni siquiera quimioterapia pudieron evitar su futuro. Un treinta de mayo dejó de respirar, lo hizo mirándome, con lágrimas en los ojos y repitiendo una y otra vez que éramos lo mejor que la vida le había dado. Sus palabras se me grabaron en el corazón a fuego y me prometí a mi misma que mi hijo no tendría que volver a pasar por nada parecido, que no volvería a llorar.
De ese recuerdo hacía cinco años, cinco años en los que había intentado que Gabriel no le echara en falta, le contaba cada día sus anécdotas, le decía que papá le miraba desde el cielo donde un día, siendo muy viejito, se reencontraría con él y pasarían el tiempo perdido. Y, ahora, me encontraba en la habitación de un hospital, sosteniendo la mano de mi hijo sin saber si despertaría o no.

Me sentía fracasada, inútil, impotente. No podía hacer nada por evitar aquello. No podía hacer nada para que despertara.
Me abandoné al llanto en silencio.



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