MANUEL
No podía apartar sus palabras de mi mente, su recuerdo. Había pasado poco tiempo desde la última vez que le vi y su aroma perduraba en mi cama. Me negaba a cambiar las sábanas. Me gustaba dormir con la nariz pegada en la almohada y poder revivir aquella noche como si fuera eterna.
Aún notaba sus caricias, su respiración sobre mi piel, sus susurros en mi oído que hacía despertar el deseo mas intenso. Aquellas palabras que me susurraba mientras me hacía suya, mientras me poseía como nunca nadie lo había hecho. Me sentía suya, lo sentía mío. Éramos una sola alma. Hasta que decidió marcharse, volver a su vida y dejó la mía completamente vacía.
Nunca dijimos que fuera amor, ni siquiera yo estoy segura de que sea amor, era deseo, pasión. Era la necesidad de tenerlo en mi cama, de que me tocara, de que me hiciera suya.
Cada mañana me despertaba con la sensación de vacío, con la esperanza de que, en algún momento del día, recibiera una llamada y fuera su voz. Esperanzas que se esfumaron a la vez que pasaban los días y no sabía nada de él. Su recuerdo era lo único que me quedaba y, noche tras noche, cerraba los ojos y me dejaba llevar por aquella magnífica noche en la que nos rendimos a aquella tensión que reinaba entre los dos.
Los días se hacían eternos y yo echaba de menos sus manos sobre mi cuerpo, comprendí que lo que yo quería era mas de lo que me podían dar. El problema era que no sabía controlarme, que mis impulsos me impedían pensar. No quería que él creyera que me estaba enamorando, ni que quisiera algo mas que sexo. No, lo tenía claro, lo quería atado a la cama y solo para mí. Quería disfrutar de su cuerpo todo el tiempo que fuera posible, no salir de aquellas cuatro paredes durante semanas, acabar extasiados de tanto sexo. Pero, como casi todo en mi vida, era imposible. Mi mente me exigía que insistiera, que llamara, que hablara con él pero, por pequeñas experiencias, sabía que tenía que dejar los días pasar, sabía que no podía agobiarlo para no dar a entender algo que no era.
Encontrar a alguien que entendiera mi estado de ánimo en aquellos instantes era frustrante, todo el mundo daba su opinión sobre el amor. Que si era amor, que lo que tenía que hacer era dejar de engañarme y aceptar que me gustaba, que le quería. Pues claro que me gustaba, si no jamás me habría ido a la cama con él pero tanto como quererle no. No quería tener una relación, no quería pasar el resto de mi vida junto a él, solo quería disfrutar todo lo que pudiera de su sexo, gastarnos la piel de tanto rozarnos. Pero era imposible, ya todo había acabado, solo tenía que aceptarlo. Aceptar que él no tenía la misma sensación que yo, la pasión que hubo aquella noche se apagó en el mismo instante en el que cerró la puerta tras de sí. Y me jodía, me jodía tener que aceptar que él no experimentara la misma sensación que yo. Que no se pusiera nervioso con mi voz, que no le temblaran las piernas con un roce casual. Me molestaba sentirme así, pues nunca nadie había tenido tanto poder. Nunca nadie había conseguido con tan solo una mirada ponerme tan nerviosa como él lo hacía.
Me resigné a la semana, sabía que ya no volvería a pasar, tendría que vivir con aquella maldita agonía de volver a sentirlo cerca. Descubrí que la vida no te da siempre lo que quieres, aunque en este caso me estuviera comportando como una egoísta.
Y, una noche en la que decidí salir, en la que por fin me había olvidado de todo, en la que había renegado de todo y vivía sin pensar ni sentir nada. En la que ya me daba igual y disfrutaba de lo que me venía por si solo un sonido me despertó a los pocos minutos de dormirme, abrí poco a poco los ojos sin saber que era aquel ruido. Miré algo brillante junto a la mesilla y distinguí el parpadear de la pantalla del móvil. Mi primer impulso fue olvidarme de él, que parpadeara, que llamaran, me daba igual. Aquella noche había bebido demasiado y necesitaba dormir. Algo en mi interior me hizo coger aquel teléfono brillante y mirar la pantalla con los ojos encogidos:
"Si estás en casa abre, estoy en la puerta"
El corazón comenzó a latirme tan fuerte que me dolían las costillas, me levanté y un desagradable malestar me inundó pero me daba igual. Me miré al espejo antes de abrir la puerta, tenía un aspecto casi desastroso, no me había desmaquillado y mis ojos estaban completamente negros. Cogí una pequeña toalla y comencé a quitarme lo mas gordo. No sabía que quería, no sabía si tan solo quería hablar pero tenía que estar preparada.
Abrí la puerta y ahí estaba, tenía el pelo revuelto, la sombra de la barba le asomaba bajo aquella barbilla tan cuadrada. Iba vestido con unos vaqueros que le hacían un culo perfecto, una camiseta de mangas cortas con una calavera dibujada y una sonrisa maliciosa en los labios. Sus ojos me miraron con las pupilas dilatadas y, enseguida tuvo un impacto extremo sobre mí. Comenzó a temblarme el cuerpo.
No hubo palabras, se acercó y me besó como antes, haciendo que todo mi cuerpo se estremeciera. Cerró la puerta de una patada mientras me empujaba hacia dentro de la casa, me colocó contra la pared, de espaldas, presionando su sexo contra mi trasero mientras ponía mis manos en cruz y su respiración rozaba mi oído.
- Te voy a follar tanto que mañana no te vas a poder levantar de la cama-. Sus palabras penetraban tanto mi ser que todo mi cuerpo comenzó a temblar, el deseo que me invadía eran tan extremo que no sabía como controlarlo, no sabía como podía para aquello. Se hizo dueño de mí, dio la vuelta a mi cuerpo y comenzó a tocar cada centímetro de mi piel, la excitación eran tanta que me era imposible no suplicarle que me penetrara. Comenzó a desnudarme camino del sofá, tocándome los pechos con furia, mordiendo los pezones mientras acariciaba el otro. Me era imposible resistirme a tanta adrenalina acumulada, me era imposible no querer follármelo hasta que me partiera en dos. Tan excitada como me encontraba le aparté y tomé el mando, bajé hacia sus vaqueros y los desabroche, su sonrisa era tan maliciosa que tan solo con mirarlo mi sexo latía de excitación. Comencé a lamer aquel miembro tan extremadamente duro y el deseo volvía a invadir mi cuerpo, no podía explicar como con un simple gesto era capaz de hacerme perder el control. Chupe hasta que comenzó a cogerme del pelo y me subió bruscamente sobre él, me penetró tan fuerte que no pude evitar gritar de puro placer. Metió los dedos en mi boca mientras me follaba con tanta ansia como la que mi cuerpo le pedía.
Mientras seguíamos desahogando aquel deseo en el sofá no paraba de hablar, de explicarme cada cosa que quería hacerme y el deseo era cada vez mas y mas intenso. Me cogió a horcajadas y, de pie, me folló contra la pared. Tan fuerte como su cuerpo le permitía y como yo necesitaba. Mis uñas clavadas intensamente en su espalda parecía no importarle, quería más y más necesitaba yo.
Terminamos en el suelo, tirados uno junto a otro, cubiertos en sudor y con la respiración entre cortada. Lo contemplé mientras se ponía de pie y buscaba algo en los pantalones. No sabía exactamente que era lo que tan nerviosa me ponía, físicamente no era nada del otro mundo, no me parecía guapo, ni siquiera atractivo. No estaba bueno, lo único que realmente se podía salvar de su cuerpo era su culo y, por supuesto, su sexo que ahora colgaba flácido pero que tan apetitoso me parecía cuando estaba duro. Éramos buenos amigos, nos entendíamos con solo una mirada, no queríamos compromiso. Seguí observándolo mientras volvía con algo en las manos y se sentó en el suelo dejando reposar su espalda en el sofá, me miró y sonrió.
-¿Quieres?- lo dijo con la mirada calmada, ya no había deseo. Contemplé lo que tenía en las manos y sonreí, me conocía tan bien que le odiaba por eso. Sin pensármelo dos veces cogí un cigarro del paquete y lo encendí.
Nos lo fumamos desnudos, riéndonos de aquellas anécdotas que habíamos vivido juntos y que, por desgracia y falta de tiempo, ya no viviríamos. Cada uno tenía su vida, cada uno había escogido el camino.
No le pregunté porqué, después de tanto tiempo, había decidido volver a verme. No hacía falta que me diera explicaciones no las quería oír. Me conformaba con el rato que habíamos pasado, con cada roce de su cuerpo con el mío.
Comenzó a amanecer y decidió marcharse, se iba a vivir su vida al igual que yo tendría que vivir la mía con la extraña sensación de que nadie me haría volvería a hacer temblar las piernas como él lo hacía porque, en aquella extraña relación que nadie mas conocía, no había amor, nunca lo hubo, solo había pasión, deseo y sexo. El mejor sexo que he tenido.
Comentarios
Publicar un comentario