ICEBERG
-
¿Cuántas veces te he dicho que la comida tiene
que estar caliente y puesta en la mesa cuando llego? – Le escupía en la cara
mientras hablaba, hoy había venido demasiado enfadado del trabajo. Se sentó a
regañadientes tirando el plato al suelo.
-
Y ahora lo recoges y me traes algo caliente que
llevarme a la boca. No sirves ni para cocinar.
Los
ojos de Laura se empañaron de lágrimas, y a Carlos pareció no importarle. Se
lamentó de no ser más valiente y plantarle cara, pero los años habían hecho que
se acostumbrar a sus gritos.
Desde
hace mucho siempre que algo no le salía bien lo pagaba con ella, fuera lo que
fuera. Si había un culpable era ella.
La
primera vez que le pegó fue justo el día en el que le contó que había perdido
al bebé que con tanta ilusión estaban esperando. No fue culpa de Laura, pero
según él si.
Al
ir a una revisión de rutina al ginecólogo éste le comunicó que su bebé no tenía
latido, que lamentablemente no había conseguido formar su pequeño corazón y
tendrían que practicarle un aborto. Para Laura fue el mayor golpe, mayor que
todos los que vinieron después de la noticia.
Muerta
por dentro se dirigió a casa con la esperanza de que su amado marido la
consolara, que le dijera que todo iría bien, que lo volverían a intentar y
serían felices.
-
Carlos hay algo muy importante que tengo que
decirte y no se como empezar- Las lágrimas acudieron a sus ojos y fue incapaz
de pronunciar palabra.
-
No llores amor, cuéntamelo. En esta vida todo
tiene arreglo. –La abrazó tan fuerte que se sintió muy segura, sabía que la
quería, sabía que podría seguir adelante si él la comprendía siempre.
Respiró
hondo y se dispuso a decir esas horribles palabras que esperaba no tener que
volver a pronunciar jamás.
-
Nuestro bebé… nunca llegará a nacer.- Se volvió
a derrumbar, sollozando, con el corazón encogido, lloraba desconsolada cuando
Carlos la apartó de su pecho y la miró a los ojos.
-
¿Qué has hecho? ¿Qué carajo has hecho para
perder a mi hijo? ¿Qué has estado acostándote con tios por ahí no? – Pudo leer
la ira en sus ojos, jamás había visto a Carlos tan enfadado. La incertidumbre
se apoderó de ella y su sentido común le hizo retroceder. Se dispuso a
abandonar la habitación para dejar que él solo se relajara pero no pudo. La
agarró por el brazo y le golpeó el estómago.
-
Esto es lo que pasa cuando haces las cosas mal,
cuando te comportas como una puta. ¿Con quién te has acostado? ¿Con Julián?
¿Alberto? O tal vez ha sido Adrián, ese amiguito tuyo tan amable que se porta
tan bien. ¿Con quién? ¿Quién carajo ha hecho que mi hijo no vaya a nacer?
Le
dolían mas las palabras que decía que los golpes que le daba, no sabía si
gritar o refugiarse. Instintivamente se apretó la barriga, aún creía que aquel
bebé estaba ahí y, aunque hubiera estado, esos golpes habrían acabado con él.
Carlos
se desahogo, la dejó tumbada en el suelo con el labio roto. La única marca
visible. Los moratones quedarían camuflados por la ropa, eso le hizo pensar, no
era la primera vez que pegaba a una mujer.
Se
levantó para ir al baño y ponerse un poco decente, aún le quedaba contar la
noticia a sus padres.
-¿Dónde
crees que vas? – La voz de Carlos sonó tan fría como el hielo, como su alma.
Sabía que su alma era un iceberg helado con el que ella había chocado. Las
opciones eran simples, o se rodeaba aquel iceberg y pedía ayuda a sus padres o
se chocaba contra él y se hundía sin ninguna ayuda. La decisión estaba clara,
se hundiría. Sabía que la culpa había sido suya, sabía que debería haber tenido
mas cuidado en el embarazo. Sabía que él tenía razón, que era una puta. No
debería haber hablado con ningún hombre pues era una mujer casada y eso estaba muy mal
visto. Los golpes eran las consecuencias de no haber sido una buena esposa. –
Aún no he terminado contigo, te voy a dar unos cuantos consejitos para no
volver a enfadarme. Vas a entender que enfadarme no es nada bueno.
La
cogió por el pelo y la arrastró de nuevo al salón, la sentó en el suelo y
acercó su cara a la de Laura. Ni un gritó salió de su boca. La miró y,
escupiéndole dijo:
-
Como vuelvas a cabrearme acabaré contigo, como
vuelvas a hablar con alguno de tus amiguitos, acabaré contigo. Como le cuentes
a alguien esto, acabaré contigo. Acabaré contigo y con toda tu familia, que te
quede claro Laura, desde ya yo soy tu dueño y eres solo mía y de nadie mas.
El
recuerdo de la primera paliza la había dejado sin habla, se dispuso a
calentarle la comida mientras seguía con el miedo en el cuerpo. Carlos se
dedicaba tamborilear con la cuchara en
la mesa. Había cambiado tanto en los últimos tres años. Ya no quería un hijo,
ya no quería nada de ella.
Le
puso el plato en la mesa y se fue a plancharle la camisa. Había sentido tantas
veces las ganas de desaparecer que ya todo le daba igual, le daba igual sus
gritos, sus enfados, sus golpes. Esas palabras que le arañaban el alma. Sabía
que hiciera lo que hiciera nada le parecería ben y por eso se había dado por
vencida. No quería luchar. Dejó de salir a la calle, ni siquiera para hacer la
compra. Las vecinas hacía meses que no la veían, su madre apenas tenía noticias
de ella y su excusa era que desde que perdió a su hijo no se encontraba bien.
Los amigos tan queridos que había hecho en la clase de cocina ya no la llamaban,
ya no podía acercarse a nadie sin sentirse inferior, era inferior según le
había recordado Carlos todos estos años. Tan solo se sentía sola y en la
soledad de la noche se sentaba a escribir su más profundos pensamientos. Lo que
no era capaz de expresar abiertamente a nadie lo plasmaba en un trozo de papel
noche a tras noche mientras Carlos dormía. Ya no quería luchar por nada ni por
nadie.
-
Mi camisa la quiero lista para hoy Laura, no
para la semana que viene- Su voz la sacó
de sus pensamientos. Se dio cuenta de que la plancha llevaba un rato sobre la
camisa favorita de Carlos. Precisamente tenía que ser esa, no podía haber sido
una prenda suya, no, tenía que ser la mejor camisa de seda y a la que más
cariño le tenía.
No
sabía que hacer, no sabía como arreglar aquella quemadura en el cuello. Era
pequeña pero no lo suficiente como para que Carlos no se diera cuenta. Fue
incapaz de hacer nada. Se dejó llevar y le enseñó la camisa.
-
Me temo que la he vuelto a joder, Carlos.- Al
oírla las pupilas se le dilataron, miró la camisa y luego volvió a mirarla a
ella. Dejó el vaso con, lo que parecía, whisky sobre la mesa.
-
¿Qué has hecho qué? Zorra de mierda. ¿Sabes
cuánto cuesta esta camisa? ¿Sabes cuantas horas de trabajo me he comido para
comprarla? ¡Para tener una puta camisa decente y tú, mierda, me las has jodido! – Lo primero que sintió fue su puño sobre su pecho, la dejó sin respiración
unos segundo. Tumbada en el suelo dejó su mirada fija en el vaso de la mesa
¿desde cuando había comenzado a beber?
Los
golpes fueron cayendo sobre ella mientras Laura solo se dedicaba a pensar una y
otra vez desde cuando Carlos bebía. Si el no beber le hacía violento tal vez el
beber le calmaría el genio. Tal vez si bebía demasiado no tendría fuerzas para
pegarle. Tal vez…
Se
despertó en el suelo del comedor, un pequeño charco de sangre junto a ella. Se
miró y vio que no le había tocado la cara, él nunca dejaría marca visible. En
la espalda apenas se contemplaba alguna parte de su tono de piel. Todo era
morado o gris.
Se
levantó, llamó a Carlos y no obtuvo respuesta. Vio la plancha en el suelo,
rota, hecha pedazos. Fue al baño y se encerró, cogió su cuaderno y comenzó a
escribir. Su cuaderno rojo, el único testigo de como se iba marchitando día
tras día.
Se
miró en le espejo y contemplo sus ojos, esos ojos que tanta luz desprendían
cuando conoció a Carlos, cuando se casó, cuando se quedó embarazada, y que se
estaban apagando poco a poco con cada grito que él le dedicaba; con cada reproche
sus mejillas palidecían, con cada palabra de rencor su espíritu se iba
muriendo, con cada golpe perdía esperanza por todo, con cada herida la
oscuridad la consumía.
Aquella
noche Carlos volvió a casa demasiado tarde, Laura se encontraba durmiendo
cuando una risa de mujer la despertó. Al
principio creyó que era su propio subconsciente, pero volvió a oírla y se
decidió a mirar. Abrió lentamente la puerta del dormitorio y se dirigió al salón,
al entrar vio a una mujer alta, morena, con un vestido ajustado y un cuerpo
diez. Se miró a sí misma y se anudó aún mas fuerte la bata. En el sofá, su
marido Carlos miraba con lascivia a aquella mujer, la miraba como a ella nunca
la había mirado: Deseándola, queriendo poseerla, queriendo que fuera suya. Lo
contemplaba desde detrás del cristal de la puerta, él no podía verla y ella no
era capaz de ir y armarle un escándalo, de pegarle como él hacía, de
comportarse como él se merecía. Si hubiera sido al revés no la habría dejado ni
un segundo para que recobrara el aliento entre golpe y golpe.
Sumisa,
agachó la cabeza y se encerró en el baño, se sumergió en su
cuaderno. La melancolía le invadía el cuerpo. Se sentía sola. No creía que
nadie la comprendiera, que nadie fuera a estar a su lado. Entre lágrimas
escribió su odio hacia la gente que se comportaba como Carlos, hacia la gente
que sólo quería hacer daño a los demás, la gente que nunca llegaría a querer a
nadie. Páginas y más páginas de todos aquellos sentimientos que había estado
reprimiendo durante años, de todo aquel odio que sentía hacia sí misma por no
ser valiente y enfrentarse a Carlos.
Al
amanecer Carlos tenía lagunas, recordaba haber ido a cenar con amigos de la
oficina, recordaba a Beatriz, aquella imponente morena con su vestido ajustado.
Lo que no recordaba es que se la había llevado a casa ni en que momento de la
noche ella se marchó. Y que, debido a como había bebido, había preferido dormir
en el sofá. Se levantó a trompicones y se
dispuso a exigirle su desayuno a Laura. Tambaleándose se dirigió al dormitorio al ver que no estaba su mirada se fijó en la puerta cerrada del baño, caminó como pudo hacia ella y, al comprobar que la puerta tenía echado el pestillo, comenzó a aporrearla
lleno de ira. Entre insultos y golpes cedieron las bisagras. Exhausto comenzó a
buscar a Laura con la mirada y ahí la encontró, tirada en el suelo. Horrorizado
la levantó para comprobar si aún tenía pulso pero ya era tarde, Laura estaba
fría como el hielo, fría como aquel iceberg con el que había chocado años atrás.
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